La importancia de encontrar y apasionarse por el propio lenguaje visual, a propósito del menosprecio hacia la obra de Vincent Van Gogh.
Redactamos estas líneas en torno a un concepto de la estética que no pocos problemas nos ha traído en contexto del desarrollo de las clases de la Academia de Arte. Nos referimos a la idea de mímesis, la cual, según una definición clásica, corresponde a la imitación de la naturaleza, por ello sería la finalidad esencial que tiene el arte. Si nos remitimos a la etimología de dicha palabra, detectamos que procede del griego mimesis y que sus componentes léxicos son: mimos (imitación, mimo) más el sufijo -sis (formación, impulso o conversión). Es decir, la mímesis corresponde a la intención artística de reproducir la realidad tal y como la percibimos, o, en términos más sencillos, lograr un parecido “fotográfico” entre el referente (el motivo que inspira la producción artística) y la obra misma.
Pero, tal como
hemos señalado insistentemente en nuestras clases, toda producción artística
requiere del tamiz que le aporta cada autor: requiere de una forma particular
de ver, requiere de una forma específica de manipular los elementos necesarios
para producir una obra (composición, color, etc.) y requiere de la subjetividad
de cada cual. En otros términos: para producir obras de arte de calidad, se
requiere que exista una mente, un ojo, una mano y -por qué no decirlo- un alma
específica para que, a través de un resultado artístico (ya sea una pintura, un
dibujo, una escultura, una obra cinematográfica, etc.) podamos aproximarnos a
la forma particular de percibir el mundo que tiene cada persona. Eso es lo
valioso del arte.
No es algo que propongamos nosotros, en este punto, la evidencia nos acompaña: toda la producción artística que se ha inscrito en la historia del arte desde los impresionistas (fines del siglo XIX) hasta nuestros días corresponde al resultado visual de las formas particulares de entender el mundo, abandonándose en dichas obras toda intención mimética y promoviendo la expresión de lo que hemos denominado “el propio lenguaje visual”.
Pero, ¿a qué se
refiere este concepto del “propio lenguaje visual”? Para explicarlo con la
mayor precisión posible, hemos de remitirnos a uno de los grandes pintores del
siglo XIX, probablemente uno de los autores más conocidos dentro de la historia
del arte occidental. Nos referimos a Vincent Van Gogh (1853 – 1890), pintor
holandés que, en sus escasos 37 años de vida logró dejar una producción de más
de 800 cuadros y 1600 dibujos. Si se considera que, su producción artística
comenzó recién a los 27 - 30 años (Ca. 1883, Campo de Tulipanes),
tenemos un promedio de un poco más de 342 obras por año, considerando pinturas
y dibujos. Es decir, alrededor de 29 obras por mes, o al menos 1 obra al día.
Desconocemos si existe algún otro artista que sea capaz de ostentar un récord
similar, y en ese sentido, cuidándonos de no caer en una falacia, sí podemos
afirmar que estamos ante un artista sumamente prolífico, quizás uno de los productores
más inagotables de toda la historia del arte.
Sin embargo, uno de
los hechos más lamentables en la trayectoria de la vida de Van Gogh es que,
tristemente, logró vender sólo tres obras en vida: La viña roja,
comprada por una amiga suya en 400 francos (contexto: un sueldo mínimo de la
época, o 721 mil pesos chilenos actuales) Puente de Clichy, adquirido
por una casa de ventas en 250 francos (un poco más de medio sueldo mínimo, o
450 mil pesos chilenos) y un Autorretrato por un valor desconocido, pero
es escasamente probable que su valor haya sido mucho mayor al de las dos obras
citadas anteriormente.
La vida personal de Van Gogh tampoco estuvo exenta de dificultades: a los 20 años se enamoró perdidamente de la hija de la dueña de una pensión en Londres, pero la chica lo rechazó por encontrarse ya comprometida, lo cual aproximó a Vincent al borde de una severa depresión que le hizo perder el interés por su trabajo, y cuya consecuencia inmediata fue la pérdida de éste. Más tarde, en 1877, se trasladó a Ámsterdam para hacerse teólogo. Sin embargo, fue rechazado por no saber latín ni griego y por una supuesta incapacidad para hablar en público. En 1879 fue enviado como misionero a unas minas en Bélgica, en donde tampoco tuvo mayor éxito debido a que los mineros no lograron congeniar con el fervor religioso que Van Gogh denotaba, por tanto, se le suprimió su ya exiguo sueldo, ante lo cual -aconsejado por su hermano menor, Theo- decidió dedicarse a la pintura, no sin antes ser rechazado nuevamente por otro amor: la viuda de su primo Anton Mauve, quien tuvo la delicadeza de señalarle que “jamás, jamás” se casaría con él.
En definitiva, en torno al ámbito amoroso, Van Gogh jamás obtendría éxito en su vida: más tarde se uniría informalmente a una prostituta alcohólica (a quien llamaba Sien), quien estaba embarazada y tenía otra hija que sirvieron de modelos para algunas de sus obras, tal como Dolor (ca. 1882). Sin embargo, y dada la falta de recursos económicos, Sien volvió a las calles a ejercer la prostitución al cabo de un año. Más tarde, logró ser correspondido por Margot Begemann, hija de un vecino. La pareja tenía intenciones de casarse, pero la familia de Margot se opuso, ante lo cual, nuevamente tenemos a un Van Gogh solitario, como pareció ser su destino a lo largo de toda su vida. Pareciera ser que la mala fortuna hostigaba a nuestro héroe artístico como si de una persecución personal se tratara.
Vincent Van Gogh. El viñedo rojo cerca de Arlés (1888). Óleo sobre madera, 75 × 93 cm. Museo Pushkin, Moscú, Rusia. Esta es la única obra de la cual se tiene absoluta certeza de haber sido vendida en vida; fue adquirida por una amiga del artista, Anna Boch.
Podríamos continuar enumerando la serie de desventuras que se sucedieron una y otra vez a lo largo de la corta vida de Vincent Van Gogh. Podríamos referirnos incluso a su supuesta locura, que tantas veces se ha interpretado como la raíz del incidente del corte de su oreja y posterior envío a su amigo Paul Gauguin. (Brevemente, según la versión oficial: Van Gogh soñaba con crear un círculo de pintores, para lo cual alquiló la famosa “casa amarilla”. Se fue a vivir en ella con el pintor Paul Gauguin, pero sus fuertes temperamentos los hacían discutir constantemente, hasta que un día la situación se escapó de las manos y Vincent se automutiló, enviando más tarde la oreja a modo de “ofrenda de paz” a su amigo, quien no volvió a establecer mayor contacto con él, dejando a Van Gogh sumido en la tristeza). Sin embargo, investigaciones recientes indicarían que fue Paul Gauguin quién hirió a Vincent en la oreja con un sable, pero éste último no lo denunció debido a que tenía intenciones de proteger a su amigo.
Vincent Van Gogh. Sorrow (“Pena” o “Dolor”) (1882). Lápiz y tinta sobre papel, 44,5 cm × 27 cm. Londres, Inglaterra.
Hacia los últimos años de vida, Van Gogh decide ingresar voluntariamente a un sanatorio mental, Saint Paul-de-Mausole, en mayo de 1889. En este lugar, afortunadamente contaba con el espacio suficiente para continuar con su producción artística, la cual, si se estudia en detalle, resulta indisociable de los avatares en la vida del artista.
Vincent Van Gogh. Autorretrato con la oreja vendada. (1889). 60.5 x 50 cm. Courtauld Gallery, Reino Unido.
Finalmente, en
1890, Van Gogh tuvo una última crisis que derivó en su muerte. Si bien hasta
ahora la versión oficial es que se suicidó disparándose a sí mismo -y que ni
siquiera en este hecho tuvo éxito, dado que pasó alrededor de 3 días en agonía-
investigaciones más actuales indican que se trataría de un accidente sufrido a
manos de unos hermanos adolescentes que se entretenían cazando animales en el
mismo campo donde Vincent solía ir a pintar, y que, para no incriminarlos, Van
Gogh se habría auto inculpado. Alusivo a estos tristes eventos, vale la pena
revisar la obra Campo de trigo con cuervos (ca. 1890), última obra del
autor, y la cual se considera cargada de símbolos premonitorios de su propia
muerte.
Vincent Van Gogh. Campo de trigo con
cuervos (1890). Óleo sobre lienzo, 50.5 cm × 103 cm. Museo Van Gogh,
Ámsterdam, Países Bajos.
Hoy en día, las obras de Van Gogh están entre las pinturas más caras del mundo. Para tener una idea, cabe mencionar que, en 1990, la obra Retrato del Doctor Gachet (ca. 1890) fue vendida por 82.5 millones de dólares, es decir, unos 195.56 millones de dólares en la actualidad (unos 185.780.100.000 millones de pesos actuales). Por ello es que resulta justo rescatar lo que Antonin Artaud propuso en su texto Van Gogh, el suicidado por la sociedad: “(…) Van Gogh ha retornado los colores a la naturaleza, pero a él, ¿quién se los devolverá? (…)”, haciendo alusión respecto a cómo Van Gogh fue injustamente tratado por la crítica de su época, no aceptado en la mayoría de los círculos artísticos y vendiendo escasas tres obras a lo largo de toda su vida, lo cual, como mínimo, desmoraliza a cualquiera y definitivamente le hace dudar respecto a sus capacidades artísticas.
Es por ello que,
volviendo al punto inicial de este artículo, insistimos en que cada estudiante
de nuestra Academia deba encontrar, valorar, enorgullecerse y apasionarse con su
propio lenguaje visual, sobre todo si éste rompe con la lógica de mímesis
que tantas veces se mal entiende como “el buen arte”, “el arte prodigioso”, “el
arte que producen los artistas talentosos”. Van Gogh no produjo siquiera una
obra mimética, en toda su vida. Por ello es que, cuando nos aproximemos a este
tipo de prejuicios y simplificaciones conceptuales, evoquemos la abundante
producción artística de Vincent Van Gogh, su atormentada figura y
preguntémonos: ¿cuántos y cuántas Van Gogh tendremos en Tongoy que pudieran ser
despreciados por nuestra ceguera e incomprensión en cuanto a aquello que
entendemos como arte? Abramos nuestras mentes, valoremos la particularidad de
cada cual y nunca olvidemos que si lo que buscamos es un resultado mimético, es
cosa de acceder a la cámara de nuestro celular y tomar una linda fotografía.
Para conocer más (y
llorar de buena gana) recomendamos:
- Cartas a Theo de Vincent Van Gogh, publicado originalmente en 1914 y que reúne la correspondencia que a lo largo de muchos años mantuvieron el artista y su hermano
- Van Gogh, el suicidado por la sociedad, de Antonin Artaud. Ensayo histórico publicado en 1947.
- Van Gogh: la vida. Gregory White Smith y Steven Naifeh. Publicado originalmente en 1994, y en donde se pone en duda la teoría del suicidio del artista.
- Lust for Life (El loco del pelo rojo en España), (Sed de vivir en Latinoamérica). Película biográfica de 1956.









¡Me encantó! lo tendré muy presente en adelante cuando sienta vergüenza de mis obras, gracias por ponerlo en tan bonitas palabras querida Loro. Me encanta lo que están haciendo en nuestro queridísimo Tongoy, sigan así, un abrazo Santiaguino de su fan número 1
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