EL REALISMO EN OPOSICIÓN A LA PULSIÓN MIMÉTICA EN LA OBRA DE ARTE
Antes de comenzar, debemos hacer una advertencia al lector: nos es imposible separar nuestras reflexiones artístico-culturales de nuestra labor como profesores de la Academia de Arte de Tongoy. En estas líneas, nos referiremos al tema central que convocó nuestro último curso de pintura: “El Realismo Pictórico”. En el lenguaje coloquial, se suele hablar de que algo es «realista» cuando realiza una mímesis precisa, es decir, que copia de la realidad tal cual puede observarse. Es por esto que resulta relevante recalcar la diferencia entre el uso coloquial de la palabra y lo que este movimiento artístico de mediados del siglo XIX buscaba dejar en evidencia en sus obras. Por otra parte, cualquier persona que se haya aventurado a iniciarse en el mundo de las artes (o se dedique a la enseñanza de estas) se habrá percatado de cierta «pulsión» por imitar la realidad, cosa que Viktor Lowenfeld, teórico de la educación artística, nos habla de que ocurre naturalmente desde aproximadamente los diez años, y si no educamos nuestra mirada artística, es posible que la frustración por no alcanzar el resultado esperado nos haga abandonar la producción artística para siempre.
Cuando hablamos de realismo
pictórico, no nos referimos a copias fieles de la «realidad»,
sino más bien a representaciones de problemas «reales» del ser humano. Es así que
comienzan a aparecer en escena personajes que antes no eran dignos de ser
inmortalizados en una pintura, siendo “Los Picapedreros” de Gustave
Courbet (1829 – 1877) un excelente ejemplo.
“Los
Picapedreros”, Gustave Courbet, 1850.
Si bien este movimiento tuvo su
origen en la Europa Occidental, no tardó en llegar a los pintores rusos,
quienes en un esfuerzo inagotable de representar las enormes desigualdades y
miserias que vivía el pueblo ruso, llevaron el dramatismo de las escenas a un
nivel escalofriante y conmovedor. Ilya Repin (1844 – 1930) es un gran ejemplo
de esto, quien entre sus obras más dramáticas se encuentran “Iván el
Terrible y Su Hijo” (1885) y “Transportistas de Barcaza del Volga” (1873).
En ambas obras, la pincelada cobra protagonismo para acentuar la emoción
existente en la obra, transmitiéndonos dolor, rabia, tristeza y resignación.
“Transportistas
de Barcaza del Volga” – Ilia Repin, 1873.
La influencia del Realismo
Pictórico no se limitó solamente a sus décadas de auge, de modo que sus
temáticas penetraron en obras de artistas de diferentes estilos y
nacionalidades. El poder ver cómo artistas de todo el mundo y diferentes épocas
intentan representar su «realidad» nos lleva a visualizar que existen
grandes problemáticas que permanecen en el tiempo, y otras que varían según las
características del territorio. De esta manera, vale la pena preguntarnos: ¿son
las mismas problemáticas de un campesino de Holanda del siglo XIX con las de
los pescadores tongoyinos del presente? En un análisis rápido, podremos ver que
existirán enormes coincidencias en muchas coas, tales como la estructura social,
la desigualdad, entre muchas otras. Sin embargo, son las pequeñas diferencias
que existen las que pueden dar aún más valor a las obras de arte creadas en
cada lugar. Por ejemplo, nuestra alumna Sandra, en un ejercicio de pintura,
decidió representar a un grupo de personas esperando una micro con destino a
Coquimbo, situación que a una persona que vive en la capital, quizás le cueste
trabajo comprender la totalidad del problema que puede resultar el perder la
única fuente de conectividad que tenemos con la capital regional.
Después de ver numerosos
ejercicios de nuestros estudiantes, pudimos concluir que el arte es un
mecanismo importante para dar a conocer nuestra realidad, pues puede
sensibilizarnos con el dolor, las alegrías y el cotidiano de lugares sumamente
distantes. De esta misma manera, puede hacernos comprender el contexto de
producción de artistas que dejaron su huella en la historia del arte hace
varias décadas. Un ejemplo de esto fue nuestro estudiante Claudio, quien estaba
trabajando a partir de una obra de temática náutica de Winslow Homer (1836
-1910). Conversando sobre su obra, y revisando un libro de pintura chilena,
dimos con la obra de Arturo Pacheco Altamirano (1905 – 1978), quien pintaría
hasta el cansancio obras relacionadas con la vida de las caletas de la costa
chilena, dándonos a entender que ese cotidiano que nosotros mismos como
tongoyinos vivimos, también lo vivieron personas anónimas a lo largo de los
siglos en toda la extensión costera de este rincón del mundo llamado Chile.
Creemos relevante destacar la
obra de Pacheco Altamirano, pues es una demostración de que el arte en
cualquiera de sus expresiones es inherente al ser humano, y no es algo que deba
reservarse exclusivamente para personas que se dedican exclusivamente a la
creación artística. Prueba de esto es que el artista mencionado no poseía
estudios formales en el ámbito artístico, formando su obra de manera intuitiva
y por medio de la ejercitación autónoma. Finalmente, creemos que su corpus
pictórico es un excelente ejemplo de cómo el artista puede trabajar
problemáticas «reales», sin caer en la pulsión mimética.
“Puerto” – Arturo
Pacheco Altamirano (ca. 1950)


_-_Volga_Boatmen_(1870-1873).jpg)



Comentarios
Publicar un comentario